ASOCIACIÓN DE CRONISTAS DEL ESTADO DE GUANAJUATO, A.C.

SAN FRANCISCO DEL RINCÓN Y LA INDEPENDENCIA.

San Francisco del Rincón y la Independencia

 

J. Jesús Zamora Corona

                                                                                                                          Cronista de San Francisco del Rincón

 

1. EL TUMULTO FRANCORRINCONÉS

 

                Formando parte del legajo de procesos penales (1754-1755), se encuentra entre ellos el proceso criminal instruido en contra de los habitantes indígenas del pueblo de San Francisco del Rincón, por la sublevación o tumulto que efectuaron la tarde del 20 de marzo de 1755, víspera del Domingo de Ramos, y del cual conoció el Alcalde Mayor de León, Capitán a Guerra don José Francisco de Eyzaguirre.

                El origen de este suceso tuvo su motivación cuando los indígenas pretendían que salieran de su población las personas criollas o españolas, recordando que la legislación prohibía la estancia de estos en su traza. Ante esa orden, los criollos y españoles recurrieron en su ayuda al gobernante radicado en la entonces villa leonesa, para obligar a la República a que revocase una disposición que les perjudicaba.

                El Alcalde Mayor Eyzaguirre envió al teniente de alguacil mayor, don Juan Bautista García Bielma, para que se le notificara al gobernador Hilario Hernández Cortés se presentara ante las autoridades leonesas, a fin de que exhibiera las reales provisiones mediante las cuales fungía como autoridad en San Francisco del Rincón.

                Los indígenas francorrinconeses entendieron pronto el propósito de Eyzaguirre. Lo que intentaba era tener en sus manos y bajo su poder al gobernador Hernández Cortés para obligarlo a retractarse respecto a la expulsión de los españoles.

                Inconformes con ese propósito, se amotinaron, profirieron insultos, vejaron y aterrorizaron al teniente de alguacil mayor García Bielma, no sin pedir que lo echaran fuera o bien que muriera “ese pelón”, que por lo antes anotado mostraba una calvicie avanzada.

                Los habitantes de San Francisco, a la llegada de García Bielma, se encontraban reunidos en la casa del mencionado gobernador. Les hizo conocer la orden del Alcalde Mayor y se negaron terminantemente a obedecer. Después García Bielma y los funcionarios indígenas se trasladaron a las Casas Reales, para tratar el asunto en forma amistosa, pero ya en ese lugar le mostraron un tarjetón, en el había dibujada un águila y unos versos, explicándole que por eso no podían ser presos.

                Los versos escritos en el tarjetón no los pudo leer completos el emisario y representante de la autoridad leonesa. Sólo recordó los siguientes:

 

Soy Xicoténcatl, el fuerte,

de Tlaxcala general,

y aunque agrio mi natural

me convencí a la razón:

con que logré galardón

de Acompañar a Cortés

con mi ejército;

y pues es mi nobleza tan notoria,

sirva este triunfo de gloria

y digna memoria de…

 

 

Sin poder llegar a un arreglo pacífico el teniente se vio obligado a salir de San Francisco, sin lograr la comparecencia de Hernández Cortés, por la agresividad de los indígenas.

 

La noche del 23 marchó con suficiente auxilio guerrero el Alcalde Mayor Eyzaguirre, para personalmente llegar al día siguiente y ordenar numerosas aprehensiones, que sólo logró la del escribano Pedro Hernández, Guillermo Hernández y Basilio Hernández. El primero de ellos, al rendir su declaración y preguntado por su nombre, contestó: “pueblo me llamo”, dando a entender que lo importante no era él, sino la causa que representaba.

 

Después se logró la aprehensión de otros vecinos, pero el Alcalde dispuso el 24 de marzo dejarlos en libertad, a pesar de que se les encontraron machetes, palos aguzados, palos con raja y filo y puyas de hierro.

 

Al final de cuentas fue destituido el gobernador Hernández Cortés, jefe de la gente moza, y se nombró para que lo sustituyera a don José Antonio de Santiago, del bando de los viejos, a quien se le entregó el bastón de mando, insignia de justicia.

 

En el mes de enero de año siguiente de 1756 fueron liberados los tres principales iniciadores y jefes del tumulto, argumentándose a favor de esta decisión el que se encontraban en estado de ebriedad cuando desacataron a las autoridades realistas.

 

El suceso histórico, por razón cronológica, forma parte de la historia colonial, pero representa indiscutiblemente antecedentes de la futura y aún remota guerra de independencia, por cuanto nos muestra una causa de inquietud social, motivada por la lenta pero continua intromisión en los pueblos indígenas de vecinos peninsulares y criollos.

 

El virrey se enteró del tumulto con desagrado; estuvo conforme con las decisiones tomadas por Eyzaguirre, principalmente en lo referente a la sustitución en el mando de viejos por jóvenes, procurando ambos no incrementar la división y odio ya existentes en San Francisco del Rincón.

(Fuente: Lic. Eduardo Salceda López. Boletín del Archivo Histórico Municipal de León, número 52, abril de 1969).

 

2. ENTUSIASMO INICIAL

 

 

Un día después de la toma a sangre y fuego de la Alhóndiga de Granaditas por las huestes del Cura Hidalgo, éste decidió hacer cambios en la administración de los territorios que le eran leales o, cuando menos, existía simpatía hacia el movimiento libertario. En efecto, el 29 de septiembre de 1810 don José María Barocio, quien se desempeñaba como subdelegado en los pueblos del Rincón, fue transferido, con el mismo cargo, a Puruándiro y San Francisco Angamacutiro, en la intendencia de Valladolid de Michoacán; su lugar fue ocupado por don Mariano de Campoverde.

Al finalizar el mes de octubre fue aprehendido José Francisco Maxcincacin, indio principal de Tlaxcala, acusado de seducir a los indígenas francorrinconeses para formar algún levantamiento. Al parecer, el verdadero motivo de la aprehensión de José Francisco fue el haber aceptado el nombramiento de defensor de las tierras, al que fue llamado por el gobernador.

Poco tiempo permaneció don Mariano Campoverde como teniente de subdelegado en los pueblos del Rincón, pues a principios de diciembre del mismo año de 1810, el nuevo subdelegado de León, Manuel José Gutiérrez de la Concha, designó al teniente de la primera Compañía de Patriotas de León, José Esteban Rosas, para que ocupara dicho empleo.

                Es importante tener presente este cambio, pues don Mariano Campoverde desempeñaba el cargo de teniente de subdelegado nombrado por don Miguel Hidalgo y Costilla, mientras que Rosas era gente de las confianzas de Gutiérrez de la Concha, es decir, su nombramiento tenía como finalidad acabar con las manifestaciones pro insurgentes en los pueblos del Rincón.

A los pocos días de que Rosas se encargó del gobierno político y militar de los pueblos del Rincón, comparecieron ante él los gobernadores de ambas repúblicas, manifestando su disposición de colaborar con los realistas; el domingo 23 de diciembre, con la asistencia del Sr. Cura se publicaron los bandos en los que se condenaban los excesos de los insurgentes y se inició la recolección de armas. Parece ser que los indígenas rinconeses habían tomado el partido rebelde, puesto que se pidió colaboración del eclesiástico para hacerles ver el error en que se habían metido.

Al aproximarse el tiempo en que debían renovarse el cargo de gobernador en ambas repúblicas, el teniente Rosas, en contubernio con el subdelegado Gutiérrez de la Concha, violenta el proceso electoral imponiendo a dos indígenas adictos a la causa realista: Nazario Juárez para San Francisco y Lorenzo Cruz para Purísima, <<por ser hombres de buena conducta, haberse manejado con honradez cuando han obtenido el gobierno y no haber admitido en estos tiempos el infame partido de la insurrección, por cuyas circunstancias no son de la devoción de los comunes y nunca los votarían por sí>>, según la justificación dada por Rosas a su superior.

El día 2 de enero de 1811 Rosas informó las armas decomisadas en San Francisco: 5 fusiles, 8 escopetas, 3 pres de trabucos, una espada, 5 terciados, 2 lanzas y 4 lengüetas, casi todas inservibles. Igualmente se incautaron seis caballos, una yegua, una mula, trece machos y mulas de arrastre y un burro. Todas las bestias de silla estaban en un estado deplorable, por flacas y matadas, y tanto éstas como las de arrastre fueron depositadas en la Hacienda del Sauz de Armenta.

A mediados de enero se supo en San Francisco que la avanzada de Calleja había derrotado, adelante de Jalos, al insurgente Marroquín con toda su gavilla, así como la aplastante victoria que el mismo Calleja consiguió sobre las fuerzas del Cura Hidalgo en el célebre combate del Puente de Calderón, ocurrido el 17 de enero. A raíz de este desgraciado evento se inició la diáspora insurgente y algunos de los derrotados se presentaron ante las autoridades virreinales para indultarse; tal fue el caso del insurgente Lucas Ríos quien acudió a José Esteban Rosas y propaló la versión de que los cabecillas Hidalgo, Allende y otros huyeron cobardemente poco después de iniciado el combate, y que cree se fueron a reunir con Iriarte, a quien estaban esperando, pero también cree que fueron poquísimos los que los siguieron.

Los dueños y administradores de las haciendas y ranchos de la jurisdicción fueron obligados a cuidar y vigilar a los insurgentes; casi todos cumplieron esta disposición, excepto los de San Bernardo y Peñuelas, pues han actuado con morosidad, retardando los avisos y alojando y encubriendo a los rebeldes.

Corroborando lo anterior, José Esteban Rosas informó que el día 30 de enero despachó con un oficio a la Hacienda de Jalpa al dragón Domingo Quiroz, y al regresarse a San Francisco lo quisieron aprehender en San Bernardo los insurgentes José y Antonio Reyes, cuñados del rebelde Juan de Dios Palomino, asociado de Manuel Saldaña y otros muchos de La Descubridora, para llevárselo al cabecilla Hidalgo; en la trifulca Quiroz resultó herido; inmediatamente Rosas salió a San Bernardo a aprehender a los mencionados, además de Cayetano Lara, en cuya casa estaban alojados desde hacía dos días, pero no encontró a ninguno. Saldaña, a decir de su madre, se fue a la villa de León; Rosas solicitó que fuese buscado y asegurado por ser el principal reo.

Ante el temor de un ataque del grupo encabezado por el clérigo García, Rosas recogió los intereses reales existentes en la Receptoría de Rentas pretendiendo replegarse a León, junto con los “vecinos honrados”, pues aunque los indios están quietos, no confía en ellos debido a que éstos se fugan cuando ven el peligro.

El 10 de febrero, a las cuatro de la mañana, cayeron en la casa de don José María Pacheco, vecino de Charco Prieto, los contumaces Nazario González, José María Buzo, Eduviges Soto, Clímaco Galván y José María Gancho, llevándose al europeo Miguel Gómez Poleo, vecino de León. Rosas procedió a la aprehensión de los rebeldes pero no encontró a ninguno.

En los pueblos del Rincón se vivía una situación de zozobra en estos primeros meses de 1811. No dejaban de inquietar las hablillas originadas por la revolución de Salamanca e Irapuato, por lo que Rosas, en unión del señor Cura de San Francisco, intimó a los pobladores a que fueran fieles a la causa del rey, bajo la amenaza de aprehenderlos y exterminarlos. Igualmente menciona que el Pueblo Grande se encontraba quieto y sus vecinos “prontos a rendir la última gota de su sangre en defensa de los derechos de la religión y del soberano”.  

A raíz del secuestro de Gómez Poleo, el teniente Rosas ordenó vigilar las haciendas y ranchos de su jurisdicción, con el objeto de perseguir a los rebeldes.

El bajo clero, en términos generales, fue proclive a la causa independentista, razón por la cual Rosas estimó oportuno arrestar a los dos clérigos, y más cuando uno de ellos (el padre Barriga, quien era el vicario del Pueblito) ha de llegar de Piedragorda, a donde se fue desde el 5 de marzo.  Es pertinente aclarar que con el nombre de Pueblito, se referían a Purísima del Rincón.

En el mes de mayo del mismo año, la autoridad leonesa ordenó investigar una refriega registrada en la Hacienda del Sauz de Armenta, en la que resultaron varios heridos y tal vez muertos entre soldados del ejército realista; hechas las averiguaciones, resultó que el herido fue atacado para robarlo por los mismos soldados realistas, siendo atendido por José María Conejo, quien, aunque no es cirujano aprobado, tiene más de 25 años ejerciendo este oficio. Este hecho constituye un antecedente del ejercicio de la medicina en San Francisco del Rincón.

En el mismo mes de mayo estuvieron en la Hacienda de Las Fuentes, 30 insurgentes que venían de Zacatecas con rumbo a León, de los grupos dispersos que formaron parte del ejército de don Miguel Hidalgo, quien para esas fechas ya había sido traicionado y aprehendido en las Norias de Baján, provocando con esto la debacle y disgregación en diferentes grupúsculos, dispuestos a continuar la lucha en sus lugares de origen.

A fines de este mes se presentó en San Francisco del Rincón el padre Plata, para indultarse ante José Esteban Rosas. Asimismo se presentaron Domingo Chico e Ignacio Liceaga, quienes vinieron a este pueblo llenos de mil miserias, pues desde que se separaron de los insurgentes en Saltillo, no habían comido bien en ninguna parte. Estos dos últimos formaron parte del ejército de Hidalgo y se desbandaron a causa de la captura de éste.

A mediados de 1811 San Francisco del Rincón estaba inundado de moneda provisional insurgente acuñada en Zacatecas y traída por los arrieros quienes llevaban víveres a vender, no siendo aceptada por los comerciantes de la jurisdicción, quejándose sus poseedores ante la justicia del pueblo.

En el mes de agosto del mismo año ocurrió un suceso inusual, al ser secuestrado José Esteban Rosas, teniente de subdelegado y comandante militar del Rincón. Al ser liberado y establecido en la villa de León, hizo una precisa relación de lo acontecido al subdelegado Gutiérrez de la Concha, quien a la sazón se encontraba en Salamanca.

Luego de un prudente periodo de restablecimiento se le pidió a Rosas restituirse a su empleo, a lo que se negó manifestando las razones siguientes:

 Que la gente de este pueblo –San Francisco del Rincón- no le dio aviso cuando se aproximaban los insurgentes; por no haber habido ronda de vigilancia la noche anterior al secuestro; por reconocer a 31 de sus secuestradores, entre ellos a uno que en la noche anterior le había pedido una limosna; que los vecinos de este pueblo recibieron con vivas a los insurgentes y se agolparon a las puertas de su casa, pues siempre han manifestado descontento con el gobierno del rey.

Cabe abundar en que la mayoría de los secuestradores de José Esteban Rosas –muerto hacia 1817- habían pertenecido en alguna época al ejército realista, razón por la cual les fue relativamente fácil llevar a cabo su empresa.

Al presentarse una gavilla de insurgentes a San Francisco, se le ordenó a Pedro Meneso auxiliar al sargento mayor Agustín Viña, quien salió de Guanajuato al frente de una división, para atacarlos.

A fines de septiembre se presentó una gavilla de rebeldes en la Loma de San Ignacio, y otros seis hombres en la Loma del Macho; estas dos cortas partidas –que venían huyendo de Cuerámaro- fueron perseguidas por los realistas con el único resultado de haberles quitado tres malos caballos.

Por estas mismas fechas fueron aprehendidos Antonio y Andrés Ramírez, a quienes se les encontró en sus casas el trigo y maíz, producto de los saqueos a las fincas de Frías y Peñuelas; a estos infelices se les pasó por las armas y sus cadáveres colgados en dos mezquites, frente a la casa grande de Peñuelas. Inmediatamente la fuerza realista se dirigió a San Francisco del Rincón para desde allí iniciar el registro los ranchos de San Bernardo -donde había muchos prófugos escondidos- y Palenque –pertenecientes al actual municipio de Purísima-, donde se estaban construyendo 40 lanzas para armarse.

En octubre el pueblo de San Francisco prometió acuartelar al menos 60 hombres para su defensa; el realista Juan Miera dejó por comandante al gobernador indígena para ver cómo se manejaba.

Mediando el mismo mes, Miera persiguió a una gavilla que merodeaba por el Terrero, a quienes no logró alcanzar. En esta correría se enteró de que desde la Cruz de Piedra y hasta las Arenillas se han reunido cerca de mil insurgentes; ante esta noticia se replegó a la Hacienda de Santa Rosa, por contar entre sus filas solamente con gente inexperta.

En el mes de diciembre siguiente, Juan Miera informó que la gente de los pueblos del Rincón, sin embargo de su natural cobardía, combatieron en el rancho del Mezquitillo con más de 50 rebeldes, resultando cuatro muertos y cinco gravemente heridos, a quienes no pudieron recoger para su sepultura y curación, sino hasta que fueron avisados que se aproximaban las tropas realistas y se dispersaron los insurgentes.

El día 8 del mismo noviembre Miera llegó hasta la Hacienda del Lobo, después de haber combatido a cuatro partidas mandadas, respectivamente, por Matías Moreno, Clímaco Galván, Ignacio Valadez e Isidro Blanco, a quienes derrotó.

Acerca de esto, Miera informó que el encuentro tuvo lugar en el cerro de las Pilas de los Salados, y habiéndose posesionado de un punto muy ventajoso, cargó sobre los rebeldes dispersándolos, enseguida mandó tocar a degüello a las compañías de lanceros, logrando dar muerte a nueve insurgentes y haciendo tres prisioneros, uno de los cuales era correo, mismos que remitió a sus superiores en León para que los interrogasen. Después despachó 9 fusileros pie a tierra para ver si podían bajar a los insurgentes que estaban en la cima del cerro, objetivo que no se pudo lograr. Los rebeldes, al estar copados, mandaron dos correos en demanda de auxilio: uno a Pedro García y Lorenzo Núñez, y otro a un tal Corona, que se encontraba en La Joya.

Después del combate, Miera se regresó a San Francisco del Rincón ante el temor de sufrir un ataque, manifestando que en la refriega no sufrió ninguna baja.

 

3. Años de letargo

 

                En los siguientes años es manifiesto que la lucha entre las tropas del rey y los insurgentes ha bajado de intensidad; sólo se registran encuentros esporádicos en el territorio del actual municipio de San Francisco del Rincón, y la promulgación de un bando expedido en septiembre de 1812 por el cabecilla rebelde José María Liceaga, disponiendo que la renta de los diezmos entrará a poder del gobierno insurgente, así como los bienes de los militares realistas.

                En el año de 1813 las parroquias del Rincón y de San Pedro Piedragorda estaban ocupadas por los insurgentes.

                El 15 de enero de 1814 el Conde de Pérez Gálvez, comandante de las armas de León, ordenó al gobernador indígena francorrinconés que los partes que le remitiera fueran escritos con limón en lugar de tinta, para hacerlos invisibles a los enemigos en caso de que cayesen en su poder. Igualmente informó que en los pueblos del Rincón no existía guarnición realista, causa por la cual los rebeldes entraban y salían con entera libertad.

                Antonio de Soto, nuevo comandante leonés, sugirió al gobernador de San Francisco la manera en que se le remita la información: los papelitos se meten en un carrizo viejo y sucio, se llevan siempre en la mano de suerte que al ver a cualquier sospechoso se tire con disimulo, y luego se vuelve a buscar, porque en una cosa así tan chica nadie repara.

                El día 2 del siguiente mes de mayo, Antonio de Soto le participó la próxima llegada de Agustín de Iturbide a estos rumbos, a quien dará cuenta de la fidelidad de estos pueblos.

                A partir del fusilamiento de don José María Morelos y la consecuente dispersión de su ejército, a fines de 1815, el movimiento insurgente declinó en todo el territorio de la Nueva España.

                Muertos los principales caudillos, los rebeldes buscaron refugio en las montañas del sur, y su radio de acción se redujo prácticamente a los lugares en que ejercían cierta influencia. Ante la crueldad y rapacidad con que actuó Agustín de Iturbide en el Bajío, muchos insurgentes se acogieron al indulto, huyeron o fueron pasados por las armas.

 

4. Reactivación de la lucha

 

                El 15 de abril de 1817 desembarcó en Soto la Marina el guerrillero español Francisco Javier Mina, quien vino a revivir fugazmente el movimiento insurgente, que por esos años agonizaba en el Bajío. Luego de varios encuentros sostenidos con los realistas, se atrincheró, junto con las fuerzas de don Pedro Moreno, en el Fuerte del Sombrero, el cual cayó finalmente en manos del brigadier Pascual de Liñán el día 20 de agosto del año mencionando, después de una tenaz y heroica resistencia.

                Del proceso formado a los que fueron hechos prisioneros en el Fuerte del Sombrero, se mencionan dos individuos que dijeron ser originarios de los pueblos del Rincón:

                Esteban López, de 21 años de edad, natural del pueblo de Rincón y de oficio comerciante, dijo: que el día 3 del corriente agosto salió del pueblo del Rincón para el Fuerte del Sombrero con el destino de cobrarle a uno unas naguas que le hizo droga, y no se pudo regresar a su casa porque ya cayó la tropa del rey y no lo dejaron salir cuando él lo intentaba, y que su salida para lograr el indulto la verificó el día 3 de dicho mes. Declaró además que no lo alistaron en ninguna compañía y que sólo se entretenía en echar juego con los demás tahúres que allí había.

                Ignacio Segura, de 12 años de edad, natural de los pueblos del Rincón, sin oficio, dijo: que hace el tiempo de tres meses el cabecilla Miguel Borja sacó al que declara de dichos pueblos del Rincón para que sirviera de tambor en una de sus compañías, y de allí lo condujeron a dicho Fuerte del Sombrero, en donde lo aleccionaban para que sirviera de tambor, como lleva dicho; y que el motivo de salirse del Fuerte fue la necesidad de hambre y sed que pasaba, y el interés de gozar del indulto. Al preguntarle a cuál de las compañías de los rebeldes lo alistaron, dijo que en la compañía de fusileros que mandaba el cabecilla Borja.

                Las anteriores declaraciones reflejan las críticas circunstancias en que se encontraban los sitiados, quienes, con el afán de sobrevivir tanto a la acción militar que se ejercía en su contra, como a la intensa sed por la carencia total de agua, rompieron valerosamente el sitio sin que los cabecillas principales –Mina y Moreno- cayeran en ese momento en manos de los realistas.

                A fines del año de 1818 los indígenas de San Francisco del Rincón pidieron al coronel Hermenegildo Revuelta, comandante militar de la villa de Santa María de los Lagos, les expidiera una constancia que avalase su contribución a la causa realista, documento que les servirá como presentación ante el virrey novohispano, en el antiquísimo pleito por la posesión del ojo de agua de Santiago. En su petición, los indios del Rincón manifestaron los males que les han causado estos desnaturalizados [los insurgentes]. Además, declararon el empeño con que participaron personalmente en la construcción de la fortificación de la muralla de La Cantera, en el punto medio del camino de León a Lagos, sin el más leve estipendio hasta su conclusión.

                El 5 de febrero de 1819, los insurgentes Picacho y Aviña atacaron la Hacienda de Santiago, en donde murió un vecino de ella, llevándose algún ganado. En este mismo mes, los indígenas francorrinconeses solicitaron nuevamente una constancia de sus servicios prestados al rey, pero en esta ocasión ante el Subdelegado de León, don Miguel de Obregón, quien declara: que han dado avisos oportunos a las tropas del rey, ocasionando este fiel proceder la muerte de dos gobernadores; que han prestado servicios personales ya para la fortificación del destacamento de la Cantera y a otros a que los han destinado las divisiones del ejército.

                Por esos años se tuvo noticia de que el insurgente Juan Borja estaba almacenando maíz y forraje para los caballos en los pueblos del Rincón.

                En el mes de junio los rebeldes Pío González y Juan Ríos merodeaban por los pueblos del Rincón. En el siguiente septiembre la gente de los Pachones tenían la mira de ir a los pueblos del Rincón, aprovechando la desorganización que imperaba en su defensa, esperándose resultados funestos en caso de un ataque.

                A las nueve de la mañana del día 5 de noviembre estuvo en el Sauz de Armenta el rebelde Urendas, al mando de 86 hombres de la gavilla de Montejano, quien pretendía acercarse esa misma noche a los pueblos del Rincón para incendiarlos.

                A principios de 1820 la Revolución de Independencia se encontraba visiblemente en un punto muerto, pues uno de los pocos caudillos de renombre que sostenía la lucha en las montañas del sur era don Vicente Guerrero.

               

5. Jura de la Independencia

 

                El día 25 de julio de 1821 tuvo lugar en la villa de León, de donde dependía el pueblo de San Francisco del Rincón, el solemne juramento de la Independencia de la antigua Nueva España, ordenado por Agustín de Iturbide.

                No obstante esto, el insurgente Montejano continuó en su actitud rebelde por el monte de Santa Rosa.

                Una vez concluido el periodo álgido de la lucha armada, el gobierno surgido de la Revolución de Independencia pretendió atraerse a su favor a quienes habían luchado por la independencia y tenían algún influjo regional, otorgándoles un nombramiento de tipo militar, como fue el caso de Antonio Ignacio Septién, de la Hacienda de Peñuelas, quien no aceptó el cargo que se le confirió, pero que en caso de ser invadida la Provincia se reunirá con el comandante inmediato y hará cuanto esté de su parte, en obsequio de la justa causa de la Independencia. 

                Los generales Luis Cortazar y Anastasio Bustamante, a cuyo mando se encontraban las fuerzas armadas de lo que posteriormente será el Estado de Guanajuato, se pronunciaron por la independencia nacional, el primero en el pueblo de Amoles, hoy Cortazar, y el segundo en la Hacienda de Pantoja, jurisdicción de Valle de Santiago1. Así, Guanajuato secundó el movimiento encabezado por Agustín de Iturbide, que vino a consumar la obra iniciada once años atrás por don Miguel Hidalgo y Costilla.

                De esta manera terminó en San Francisco del Rincón un importantísimo capítulo, que unido a lo sucedido en el resto del vasto reino novohispano, dio como resultado el surgimiento de México como nación independiente y soberana. Como se ha podido comprobar, la figura central de la lucha emancipadora en San Francisco fue la del Teniente José Esteban Rosas; gracias a la abundante correspondencia que mantuvo con sus superiores jerárquicos, hemos llegado a conocer detalles importantes de la actuación de grupos insurgentes regionales. Esta rebelión, con sus variantes ideológicas y luego de once años de ardua lucha, obtuvo por fin la deseada separación de la América Septentrional de la vieja España.